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Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de vino andaluz, casi todo el mundo pensaba solo en Fino, Manzanilla, Amontillado u Oloroso. Es lógico: son estilos con siglos de historia, reconocidos internacionalmente y con una identidad muy marcada. Sin embargo, esa imagen es solo una parte de la realidad.
Hoy Andalucía es uno de los territorios más vivos y diversos de la escena vitivinícola española.

Detrás de cada copa hay suelo, clima, decisiones y personas. Y ese mosaico cambia tanto de una provincia a otra que hablar de “vino andaluz” en singular ya no explica gran cosa.
Es mejor hablar de Andalucías del vino.


Blancos atlánticos: frescura, salinidad y viento del mar

En la costa de Cádiz y Huelva, la influencia del Atlántico se siente en el viñedo:
brisas frescas, humedades variables y suelos con carácter.

  • Bodega Forlong (El Puerto de Santa María) trabaja agricultura ecológica y recupera variedades locales, buscando vinos con frescura y expresión directa del suelo.

  • Muchada-Léclapart (Sanlúcar de Barrameda) apuesta por una viticultura muy cuidadosa y minimalista, con vinos donde la salinidad del territorio aparece de forma natural.

  • Contreras Ruiz (Bollullos Par del Condado, Huelva) mantiene la tradición del Condado mientras explora perfiles blancos más modernos y equilibrados.

Son vinos que sorprenden a quienes aún creen que el sur solo puede dar vinos cálidos o pesados.


Tintos de altura: la montaña como aliada

Si nos vamos al interior, los vinos cambian totalmente.
La altitud enfría las noches, ralentiza la maduración y permite colores más vivos y acideces más firmes.

  • En la Serranía de Ronda, proyectos como Cortijo Los Aguilares o Descalzos Viejos trabajan tintas que muestran fruta limpia, elegancia y equilibrio.

  • En la Axarquía malagueña, zonas escarpadas y suelos pizarrosos han visto crecer proyectos como Sedella o Bodegas Bentomiz, donde la influencia del entorno es visible en vinos intensos, personales y reconocibles.

Aquí no hay atajos: las pendientes, el clima y el manejo del viñedo exigen precisión y mucho trabajo manual.


Las bodegas pequeñas que están cambiando el relato

Un fenómeno clave en los últimos años es la aparición de bodegas pequeñas y proyectos personales que entienden el vino como una forma de contar su territorio.

  • Recuperación de viñas viejas.

  • Variedades autóctonas revalorizadas.

  • Agricultura más respetuosa con el suelo.

  • Microvinificaciones que buscan identidad, no volumen.

No compiten por producir más, sino por expresar mejor.


¿Por qué importa todo esto?

Porque la diversidad no solo amplía el mapa de vinos posibles:
amplía la manera de disfrutarlos.

Hoy, una misma mesa puede abrir:

  • un blanco atlántico fresco,

  • un generoso lleno de historia,

  • un tinto de montaña vibrante,

  • y un Moscatel aromático y ligero.

Todos andaluces.
Todos distintos.
Todos coherentes con su origen.


Conclusión: entender Andalucía como un mosaico, no como una etiqueta

El vino andaluz está viviendo una etapa de reconstrucción y redescubrimiento.
No se trata de sustituir lo que ya existía, sino de sumar voces nuevas a una tradición enorme.

La invitación es sencilla:
probar sin prisa, preguntar, comparar y escuchar lo que la copa tiene que decir.

Porque el vino no se aprende leyendo.
Se aprende viviéndolo.